El para qué de mi trabajo



Para Jesús Mendoza cuyo desprendimiento es admirable


Quizás a algunos les pueda parecer una cuestión que sale sobrando el preguntarse por

el para qué de nuestro trabajo. Lo vemos como algo completamente natural. Lo ordinario es que a determinada edad el trabajo es lo que toca. Es muy conocido el dicho: "El que no trabaja no come".

¿Y si sólo nos quedamos con esa respuesta? Trabajo para comer. Esto no es del todo falso. Ordinariamente los satisfactores de esta vida los conseguimos con el trabajo pues con él obtenemos el dinero. Claro que sin él, poco o nada podemos hacer a menos que vivamos de la beneficencia pública, de limosna, pues.

¡Vivir de limosna!

Poco es lo que hay sobre lo degradante de la situación. ¿Cómo reaccionamos si alguien nos llama: "¡Limosnero!”? ¿Nos hace sentir dignos recibir algo sin merecerlo?

Y qué es lo que nos ennoblece del trabajar pues pareciera que cualquier trabajo es bueno.

Digamos que superficialmente vistas las cosas, sí, cualquier trabajo es bueno. ¡Cualquiera!

¿No será sin embargo nuestra actitud lo que nos ennoblece o nos rebaja?

Definitivamente esto es lo que nos destruye o nos construye: la actitud con que actuamos. De ella depende, no nos engañemos, que merezcamos la alabanza o el vituperio, dejado a un lado, por supuesto, lo bien hecho de lo encomendado.

Profundicemos un poco. ¿Qué es lo que me mueve, mis motivaciones, para realizar lo cotidiano? En la oficina, en el hogar, etcétera, en donde está mi lugar de trabajo.

¿Habrá algo más valioso que haciendo lo que sé hacer, construyo? Sí, con la actitud correcta colaboramos a la construcción de un mundo más amable, más amigable, más humano.


KIEN

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