Empiezo muchas cosas... y termino tan pocas.



Si de algo no carecemos en la actualidad es de estímulos. Esto que en una época de la vida puede ser y es benéfico, conspira contra nosotros en la vida diaria.

En los primeros años escolares es importante proporcionar a los estudiantes múltiples estímulos que desarrollen su imaginación y les permita ejercitar todas sus habilidades. Este es el éxito de algunas escuelas principalmente en la edad preescolar y primaria. Así la multiplicidad de estímulos es un beneficio, cosa muy diferente en la adultez y principalmente en la vida diaria.

Pongamos el caso. Hay una tarea que se me encomienda o un pendiente que debo resolver. Me dispongo a realizar lo que hay que hacer, pero en ese momento múltiples estímulos, tanto internos como externos, llegan a mí y, entonces, divago. Mi atención se diluye y lo que debo concretar queda inconcluso, hecho sólo a medias. Aparte de que perdí tiempo y sólo fui un poco eficaz, no es difícil, por esas cosas, el excesivo cansancio y agobio del fin del día. El cansancio no tendría porqué preocupar; es algo natural después de una jornada laboral, pero el agobio no se puede tomar a la ligera.

La imaginación, la loca de la casa que diría Santa Teresa de Jesús, necesita que se le discipline, no por violencia represora sino por la adquisición consciente del hábito de poner atención completa a lo que hacemos.

Dado lo anterior, no podemos menos de apreciar el sabio consejo de Ignacio de Loyola: Age quod agis, Haz lo que haces.


KIEN

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