La modesta afición a la filosofía



Toda época tiene sus preguntas fundamentales. Platón, Aristóteles, Diotima de Mantinea o Hipatia de Alejandría, Agustín, Kant, Hegel, Carlos Marx, los tlamatinimes mayas, todos ellos, intentaron responder a las preguntas de su tiempo con originalidad. Tanto que las preguntas y las respuestas que ensayaron fueron tan decisivas que inventaron caminos nuevos para la humanidad. Sobre todo crearon nuevas maneras de habitar con la sensibilidad y el pensamiento los problemas humanos, de la naturaleza y del universo.

Quizás no nos damos cuenta, distraídos como estamos en otras preocupaciones, pero los filósofos, sus preguntas y sus respuestas, viven y pernoctan en nuestras ideas, sentimientos y acciones. Somos el eco y reflejo en nuestras vidas de lo pensado por la filosofía en sus diferentes momentos históricos.

A veces no sabemos qué hacer con nuestros sentimientos, con la vida y sus dificultades cada vez más agobiantes —entre más sabemos, en realidad, sabemos menos. Andamos preñados de preguntas sin hallar el alivio de un sosiego con sentido. Buscamos respuestas a situaciones como el amor, la espiritualidad, la muerte, la vida, sin encontrar respuestas satisfactorias en las verdades proclamadas de quienes creen saberlo todo, pero carecen de la humildad necesaria de la duda.

En su radical humildad, la filosofía puede ayudarnos a responder algunas de esas preguntas porque nos enseña a sentir, pensar y dudar en comunidad. Se parece la filosofía a un faro que nos señala por dónde y con quiénes congregarnos para navegar y explorar. Ella no es un barco de aguas poco profundas, se adentra en el mar abierto no siempre manso de la vida para enseñarnos a ser un poco más libres y auténticos.

Al revés de lo que se piensa, la filosofía no es un saber solemne ni sobrecargado de autoridad. Ella, en todo caso, nació como una rebelión del pensamiento libre contra la solemnidad y la jerarquía, contra los maestros y su saber experto, pero conformista. Por eso Nietzsche abandona intempestivo la comodidad sin novedad de su universidad, donde el saber estaba marchito, convertido en archivo muerto sin correspondencia ninguna con los manantiales de la vida.

Es curioso que los primeros filósofos en Grecia usaron ese adjetivo como sinónimo de modestia, para señalar que sencillamente eran principiantes, aficionados, gente que buscaba la sabiduría con pasión, libertad y muchos errores. A la manera del amante inexperto que se entrega y explora el amor entre aciertos, deslumbres y equivocaciones.


Carlos Mario Castro

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