Leer para ver y sentir mejor



Ignacio de Loyola también se encerró en 1521 para cuidar su salud después de una herida de cañón que casi resulta mortal. Y para no aburrirse mientras convalecía solicitó algunos libros de esos lascivos de caballería que tanto le gustaban y encandilaban su sensualidad. Pero en el librero de su casona sólo encontraron unas ediciones populares de la vida de Cristo y otra de los santos, libros en español traducidos del latín destinados principalmente a mujeres.

Inició entonces en Ignacio una batalla entre sus lecturas de caballerías y esas otras “sin placer” por ganar el gobierno de su imaginación y de su hacer. Al final vencieron las en apariencia tranquilas historias religiosas, que tuvieron más poder de seducción que las otras, al proponer al futuro fundador de los jesuitas un amor más grande y difícil de conquistar.

En aquel aislamiento, con la salud entre la vida y la muerte, y lecturas que invitaban a proyectos de vida muy diferentes, se inventó el arte del discernimiento, la técnica espiritual de aprender a gozarlo todo para más adelante, optar por quedarse con lo mejor y más pleno.

De aquella cuarentena emergió, además, una espiritualidad para diferenciar verdad y falsedad, un método interior para orientarnos entre los espíritus y turbulencias de una sociedad que —como la nuestra ahora— se encontraba en crisis e inundada con falsas informaciones y peligrosas vivencias políticas y religiosas.

Nosotros podemos practicar algunos de esos ejercicios que transformaron la vida de Ignacio y le ayudaron a orientarse mejor entre las confusiones y espejismos de su tiempo. Por ejemplo, podemos leer algún libro que nos guste y, durante media hora o más, en un lugar tranquilo, disfrutar y saborear la lectura sin prisa, poniendo atención a los pensamientos y sentimientos que nos provocan una oración o un párrafo, y la dirección hacia donde empujan nuestra voluntad y hacer.

Se trata, como lo vivenció Ignacio de Loyola en su retiro, de que en ese silencio del espíritu y la imaginación irrumpan, estimulados por la lectura, nuestros dolores y esperanzas, pero también las congojas y esperanzas de la historia. Sintonizarnos en la lectura con “los sufrimientos de todos aquellos, cuyo número es legión, que yacen entre ruinas; de los pueblos oprimidos, de los niños de las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios, de los desheredados y de todos aquellos que se hayan sojuzgados” (Wilde).


Carlos Mario Castro

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