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Saber creer


Madurez religiosa. Saber creer.


Para Félix y mis cuestionantes alumnos.


A partir de finales de la Edad Media empezó un enamoramiento en Occidente; enamoramiento que no tiene otro objeto que el poder de la Razón. El Hombre de Occidente quedó encandilado y empezó con su descubrimiento a desmantelar principalmente cosmovisiones e ideologías que le quitaban poder. De los principales objetivos que se planteó fue colocarse Él en el centro y arrebatar ese lugar a lo que en esa época se llegó a entender por Dios. Éste concepto fue atacado furiosamente y con razón. Feuerbach afirma con contundencia difícilmente rebatible que el contenido de esa idea, la de Dios, nos debilita y nos coloca en una situación de vulnerabilidad, impotencia y esclavitud en una palabra (Nietzsche).


Con todo lo anterior pasó a ser de muy buen tono en los siglos XX y XXI, incluso para quienes tienen muy buena formación y excelente buena voluntad, el confesarse como ateos o no religiosos. En el mejor de los casos se refugian en un ciego humanitarismo que deja un fuerte sabor a nihilismo. Ahora pues, el nuevo Dios es el Hombre o la Humanidad ( A. Comte). ¿Estas actitudes nos han llevado a la madurez de un adulto que confía arrebatadamente en el ciego poder de su razón (Credo ut intelligam. San Agustín)?


Y no se trata de abogar por el regreso a maneras de comprender que ya quedaron como piezas de antigüedad; ni estamos tampoco desprotegidos sólo asidos a la, en algunos casos, soberbia razón. Lo que se nos pide y ofrece para no sucumbir es una tarea mucha más importante y al mismo tiempo atemorizante: la de los místicos de todos los tiempos y religiones: volver a nuestro interior y experimentar que el Universo y nosotros -el Absoluto incluido- no somos ideas que desparrama el viento sino realidades que en algún momento experimentamos como uno (Mtro. Eckhart).


Alfredo Pintos

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